Trump, Piñera y la narrativa polarizadora

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“Esto se va a poner feo… Llamo a no actuar estúpidamente a menos que algo los lleve a levantarse y pelear, porque nadie quiere una guerra, pero si Dios llama a su gente a la guerra, créanme que en ese momento nos levantaremos y pelearemos. No estamos asustados, no vamos a doblegarnos a la extrema izquierda. Si esto no se aclara, los patriotas americanos se levantarán y defenderán a nuestro Dios y nuestra Constitución”.

La cita anterior pertenece a un estadounidense cualquiera de un estado conservador del centro oeste y es una pequeña muestra de la polarización que vive ese país, en medio de un complejo proceso poseleccionario. Sus palabras, publicadas en un video en una red social –tal como otras grabaciones que circulan con discursos similares–, muestran un discurso de extrema división entre el bien y el mal, entre amigos y enemigos, entre “Dios” y el “diablo”.

Donald Trump logró en su primera campaña capitalizar el descontento de una considerable parte de la población, lo que finalmente le permitió ser el presidente número 45 de Estados Unidos. En sus cuatro años en el poder, el mandatario logró mantener gran parte de ese apoyo (hasta ahora alrededor de 70 millones de personas) y profundizar aún más las divisiones entre los estadounidenses.

Trump, con el pesar de los demócratas, logró entender y escuchar lo que una parte importante de la ciudadanía pedía, y su discurso abiertamente hostil y polarizador encontró tierra fértil en grupos importantes, como el de los hombres blancos de clase trabajadora. El resultado es una sociedad profundamente fracturada, con una gran cantidad de personas que ven la violencia política acercarse de manera peligrosa a sus puertas, en un país donde el 42% de los hogares tiene un arma (Pew Research Center, 2017), lo que se traduce en alrededor de 393 millones de armas de fuego en manos de civiles (Small Arms Survey, 2018).

La población estadounidense en general no la tendrá fácil. Se vienen dos meses en que la estabilidad política de este país estará pendiendo de un hilo, hasta que Biden tome el poder en enero o tal vez, incluso, hasta mucho después de eso. Dependiendo de lo que ocurra en los siguientes días y si el Partido Republicano decide finalmente quitarle el piso a Trump y ponerle paños fríos a la situación, la estabilidad de la democracia estadounidense se pondrá a prueba.

Durante toda la Presidencia de Sebastián Piñera y con más fuerza desde el 18 de octubre del 2019, el Primer Mandatario ha sometido a la población chilena a una prueba de polarización política: “Estamos en guerra contra un enemigo poderoso, implacable, que no respeta a nadie”. Un estudio hecho por Navarro y Tromben en 2019, que analizó las alocuciones de Piñera, demostró que, no obstante, hubo un cambio drástico en términos de las temáticas que comenzó a tratar luego del estallido, la combinación de las palabras “guerra”, “enemigo” y metáforas asociadas, están presentes en sus intervenciones desde que comenzó el mandato. Los autores refieren que “estos hallazgos revelan que no se trata de un exabrupto, sino de un discurso de gobierno que expresa una ideología específica y consistente”.

A diferencia de Trump, Piñera y su Gobierno no logran capitalizar el descontento de la gente. Por el contrario, reflejan justamente lo que la población desprecia en la actualidad: una elite sorda a las necesidades de la sociedad. La retórica bélica y polarizadora del Presidente Piñera y sus decisiones políticas –producto de esta percepción de la realidad– no encuentran una respuesta favorable en la población chilena. Su discurso fracasó no tan solo entre quienes siempre han sido sus detractores, que ven en sus decisiones un reflejo de la violencia de sus palabras, sino que también entre los grupos de extrema derecha que, estando de acuerdo con la lógica belicista del discurso, no entienden por qué su retórica no se condice con acciones concretas y no se ponen en práctica medidas de mayor represión.

Reflejo de esto es el grupo de nostálgicos de Pinochet que salió a tirarles maíz a los militares y que aún le ruegan a Piñera “que se ponga los pantalones” para acabar con la “extrema izquierda castrochavista”.

A un año del estallido social del 18 de octubre, de varios informes que evidencian las violaciones a los derechos humanos cometidas durante su Gobierno y luego de la aplastante mayoría que ganó el plebiscito por una nueva Constitución, Piñera intenta gobernar convertido en una figura desgastada políticamente y con extremadamente bajo nivel de credibilidad entre la población. Al parecer, su actual preocupación, y la de su Gobierno en general, es intentar retomar la imagen internacional de Chile, como un país que sigue los valores democráticos y estable políticamente.

Esto queda evidenciado, por ejemplo, en el documento que el ministro Allamand envió a las embajadas, indicando que en Chile se había “recuperado la normalidad” o, en las palabras de Piñera, cuando –en un tuit– le recalca al presidente electo Biden que en Chile “se comparten los valores de respeto por los DDHH y protección del medio ambiente”, semanas después de no haber firmado el acuerdo de Escazú y del último claro informe de Amnistía Internacional confirmando las graves violaciones a los derechos fundamentales ocurridas en el país.

El plebiscito realizado hace unas semanas demostró varias cosas. Entre ellas –y tal vez la más importante– es que Chile quiere un cambio y que no está polarizado, como se intentó hacer creer. Tal como lo plantea Javier Sajuria, la verdadera polarización está en la élite y lo que ha ocurrido es una repolitización de los ciudadanos. La población nacional parece estar preparada transversalmente para el consenso y avanzar en la construcción de un país más justo. En este sentido, lo que hagan los partidos de aquí en adelante, tanto para la Convención Constitucional como para quienes se presenten a la elección presidencial, es fundamental.

La ciudadanía ha mostrado que no quiere a los mismos de siempre en el poder y mira con esperanza los nuevos procesos eleccionarios. Sería un tremendo error que quienes ya se están asomando como potenciales candidatos de los partidos tradicionales de Chile, terminen siendo quienes se peleen la Presidencia en la papeleta final. Los partidos tienen que ser capaces de flexibilizar, hacer eco de las necesidades de la gente y presentar candidatos nuevos.

Lo que Piñera no ha conseguido con su retórica polarizadora, puede ocurrir si quienes llegan al poder finalmente son los mismos que generan rechazo en la gente. Esto puede terminar profundizando el descontento y dejar las puertas abiertas para que candidatos populistas como Trump asuman cargos de primer orden político, poniendo en riesgo la estabilidad democrática del país. No queremos eso.

Leader Personalities: Trump vs. Biden

By Ryan Beasley, Senior Lecturer at the University of St Andrews, Juliet Kaarbo, Professor at the University of Edinburgh, and Consuelo Thiers Dr in Politics and International Relations

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For those of us who study leaders’ personalities and how they affect their actions while in power, President Trump has really been a blessing, if well-disguised.  For many of his opponents, turning a corner on the Trump Presidency is not just about changing his policies but also quieting his persona, removing the centre-stage megaphone of political office from the hands of a man feverishly keen to use it (even when actually feverish).  The gregarious and agreeable Joe Biden – perhaps average, risk-averse, and vanilla to his detractors – will surely be different. We wanted to be sure.  

How different is Biden from Trump?

We profiled Biden during the 2020 primaries, analysing over 206,000 words in his speeches, statements, and interviews. We compared this to a previous personality profile of Trump in 2016 (by Walker, Schafer and Smith). Both analyses are based on material from primaries when neither candidate was president, making them as comparable as possible.  These profiles were generated by a content analysis of leaders’ rhetoric using a computer program to score several key personality traits and core beliefs (for more, including how valid this method is, see Schafer).  Here is what we found:

Biden is much more cooperative in his approach to others, seeing more value in using rewards and promises.  Candidate Trump talks a great deal about punishing others. Overall, Biden believes more in the use of moderate tools of policy; Trump sees value in using more extreme instruments. 

While both are not optimistic about accomplishing their goals, Trump is much more pessimistic than Biden. In terms of their personality traits, both are distrustful but Trump really corners the market here, scoring wildly higher than other US presidents, and much higher than Biden. Trump is also far less task-oriented than Biden, motivated to focus on his political relationships compared to Biden’s more balanced approach.

Biden and Trump are, perhaps surprisingly, similar in other respects.  Both believe the international system is a hostile rather than friendly place.  They are both fairly risk-averse, and see value in using threats.  In terms of their complexity of thought, both tend toward more simple, black-white thinking.  Both value wielding power over others.

We know from previous research that leaders’ personality characteristics can be remarkably stable across time and the ascension to the presidency may not change core beliefs.  It is, however, worth asking whether focusing on primaries’ speeches and statements might be influencing our findings.  Do candidates talk a certain way, have a certain public persona, in primaries?  Maybe.  Candidate Trump and candidate Biden both stand out from the average profile of sitting U.S. presidents in a number of ways.  Candidate Hilary Clinton was also ‘more extreme’ on many personality characteristics compared to other presidents (see Walker, Schafer and Smith). 

But there are reasons to believe that Biden’s candidate profile does give a glimpse into what a president Biden’s personality might look like.  Even though there may be a ‘primary effect’, it does not affect all candidates the same way.  There are still significant differences between Trump and Biden.  The primaries also do not generate a ‘party personality’ – candidate Clinton shared some personality characteristics with fellow Democrat Biden, but in other ways she was more like Trump or completely different from either of them.  We also scored the first Presidential ‘debate’ in September 2020 separately to see if that format would alter our findings, but the differences between Biden and Trump were essentially the same. 

What would Biden do differently?

Assuming that this comparison of Biden and Trump as candidates tells us something about lasting personality differences between them, what would that mean for a Biden presidency?  We see two main ways their leadership could diverge.  First, given that policies often follow from core beliefs, how Biden deals with others is likely to differ.  Although Biden too sees the political world as fairly conflictual, his approach is much more conciliatory and cooperative than Trump’s.  In short, we are likely to see more carrots and fewer sticks. 

Second, Biden’s management style in the White House is much less likely to be president-centred and loyalty-focused.  Trump’s very high level of distrust shows in his hypersensitivity to criticism and suspicions about the motives of others.  Leaders high in distrust make loyalty the litmus test for keeping people around them and often have high turnover in advisors, as we have seen with Trump.  This is reinforced by Trump’s focus on how well he is liked and revered, rather than on policies and political achievements.  We might see some of these tendencies in Biden as president, but in much less extreme forms.  From our profile, Biden is likely to create an advisory system that is more policy-focused than Trump’s, moving the government toward goals, and more inclusive of different opinions.  Biden is also likely to select and keep advisors for reasons of competency rather than fealty to the president.

We know from years of extensive research that leaders’ beliefs and personality traits can significantly influence their policies and decision-making.  While presidential elections may not often be decided by personal characteristics, given both the differences and similarities between these two candidates, voters might be wise to take a closer look at their personalities and what they imply about how they would each govern.    

Ministerio de la mujer y la violencia de la improvisación

El 27 de marzo del 2014 la Presidenta Michelle Bachelet envió al Congreso Nacional el proyecto de ley para crear el Ministerio de la Mujer y la Equidad de Género, a modo de cumplir con uno de los puntos de su programa de gobierno. El proyecto se aprobó por unanimidad en la Cámara de Diputados en 2015 y la nueva ley entró en vigencia el 8 de marzo de ese mismo año. La creación de esta repartición no fue al azar o por un capricho de la Presidenta ni de quienes trabajaron en el proyecto. La fundación de un ministerio de este tipo responde a una necesidad concreta y vital de proteger y promover los derechos de las mujeres que han sido históricamente vulnerados.

Todo esto se contrapone a lo que actualmente ocurre en dicha cartera. Las decisiones y el manejo de este ministerio por parte del gobierno de Sebastián Piñera durante estos dos años ha estado marcada por una grave improvisación. Tres ministras en dos años, no sólo habla de una pésima gestión sino que también de un enorme descuido.

“Júzguenme por lo que hago desde hoy en adelante”, dijo cuando asumió en la secretaría de Estado Macarena Santelices, sobrina nieta de Augusto Pinochet, ante las críticas generadas por sus dichos en 2016 cuando manifestó que no se podía “desconocer lo bueno del régimen militar”. El nombramiento de Santelices generó molestia por su evidente falta de competencias para el cargo, llamando también la atención de la prensa internacional que destacó sus vínculos familiares con el exdictador.

Pues bien, luego de 34 días en el puesto, estamos en condiciones de juzgar a Santelices por lo que hizo. Se debe juzgar a Santelices, en primer lugar, por aceptar un puesto para el que no tenía preparación alguna, por su absoluta falta de criterio para desarrollar campañas, por su desatino para contratar personas en el ministerio.

La campaña iniciada hace unos días con el hashtag #CuentasConmigo, con el aparente fin de que las mujeres víctimas de violencia puedan pedir orientación y ayuda, es un claro reflejo de la falta de conocimiento y criterio para llevar a cabo una iniciativa de este tipo. El video muestra a un anciano que responde a su nieta diciéndole que se encontraba muy preocupado desde que supo que su pareja la había agredido. “Me duele el alma lo que te pasó, quizás la vida me está castigando por lo que le hice a tu abuela. Aunque ya no está con nosotros no hay noche que no le pida perdón por todo el daño que le hice”, dice.

¿Por qué y bajo qué criterio se cree que la mejor manera de hacer una campaña para hablar de violencia hacia las mujeres es poniendo el foco en un hombre abusador? ¿cuál fue el criterio que llevó a pensar que entre todas las problemáticas que están enfrentando las mujeres en esta pandemia, el foco debe estar en un anciano con el que deberíamos empatizar porque se siente culpable?

Luego del revuelo en las redes sociales, Santelices declaró que “lamenta profundamente la campaña iniciada por directora de @SernamEGChile”. No es necesario profundizar en la manera en que Santelices se desmarca de la responsabilidad, porque su frase no resiste mayor análisis. El problema aquí es que no basta con lamentarse, pedir disculpas y bajar la campaña. En el intertanto en el que las autoridades se sentaron a revisar las reacciones de la ciudadanía para darse cuenta que del error, hay abusadores que sintieron que tal vez en el futuro podrían ser perdonados, que tal vez si lloraban todas las noches y se arrepentían podrían resarcir sus errores.

El nombramiento por parte de Santelices de Jorge Ruz como Jefe de División de Estudios en reemplazo de la economista María José Abud, es otro reflejo de la falta de criterio y preparación. Ruz, ex editor del diario La Cuarta y productor de La Cuarta Festival de Viña, a cargo del concurso de La Reina y el famoso “piscinazo” (Link) no puede estar más alejado de las competencias que se requieren para ese puesto. El periodista, quien en el pasado estuvo a cargo de generar contenidos degradantes para mujeres, ahora es nombrado en un rol que, por su peso, personas con conocimientos en temáticas de género sentirían pudor de aceptar. Santelices sacó a una mujer de su cargo para contratar a Ruz, quien claramente consideró que su experiencia previa de ubicar el mejor ángulo para que la reina del Festival se lanzara a la piscina, era suficiente.

Santelices dejó la cartera el 9 de junio diciendo que la “causa de las mujeres” no tenía color político. Inmediatamente después es nombrada en el puesto la ex diputada de la UDI, Mónica Zalaquett. La actual secretaria de Estado, en su previo paso por el Congreso, intentó modificar la Constitución estableciendo que un menor de edad “sólo tendrá por padres a un hombre y una mujer”, lo que claramente impide el reconocimiento de la maternidad de mujeres lesbianas. Respecto de la política y las mujeres es relevante plantear dos cosas: rechazar la política mientras se hace política es una contradicción, los ministros y las ministras tienen puestos políticos y hacen política, decir que no es demagogia. Por otro lado, el puesto de Ministra de la Mujer y EG es absolutamente incompatible con las ideas de la derecha conservadora. Ninguna ministra que considere que los derechos de las mujeres deben estar supeditados a sus creencias religiosas puede ejercer ese cargo de manera idónea.

Las mujeres de Chile merecemos un ministerio y una ministra que tenga conocimiento sólido de las necesidades de las mujeres, de sus dificultades y problemáticas. Nos merecemos una ministra que no le tenga miedo a la palabra feminista y que, por tanto, se declare abiertamente de esta manera, una ministra que defienda nuestros derechos reproductivos, que nos proteja de los abusos, que hable fuerte y claro cuando hay denuncias de violencia sexual, por ejemplo, por parte de Carabineros. Necesitamos una ministra que entienda lo que es la violencia sistemática en contra de las mujeres por parte del Estado, de derecha, de izquierda, de centro, no importa. Este gobierno con sus (in)decisiones ha seguido perpetuando la violencia sistemática hacia las mujeres.

Luego de la multitudinaria marcha del 8 de marzo, que las autoridades activamente trataron de minimizar, las mujeres mostramos que no estamos para más experimentos e improvisaciones. No estamos en tiempos de tibiezas. Durante esta pandemia hay mujeres viviendo con sus agresores, mujeres que no tienen dinero para alimentar a sus hijos, mujeres que no pueden trabajar porque las escuelas están cerradas. Necesitamos que el gobierno termine con la improvisación, porque la improvisación y la negligencia matan. Si alguien aún no tiene claro a qué se referían Las Tesis con la frase “el estado opresor es un macho violador”, en las políticas del gobierno tienen el mejor ejemplo.

Liderazgos políticos en tiempos de Coronavirus

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La pandemia del Coronavirus deja en evidencia no tan sólo la relevancia de los líderes políticos mundiales en la conducción de sus respectivos países, sino que también ha permitido observar de primera fuente las características personales y creencias de quienes están a cargo de la toma de decisión. Son los periodos de crisis, en los que la información que se posee es acotada y se requieren decisiones rápidas y concretas, los mejores escenarios que nos da el contexto internacional para conocer cómo responden los líderes ante lo desconocido.

El mundo nos está presentando, de una manera brutal, las reacciones de quienes en su conjunto están a cargo de la vida de millones de personas. Hemos podido observar distintos tipos de liderazgo. A riesgo de ser reduccionista, mencionaré tres, los líderes abiertamente irresponsables, los equilibrados y los improvisadores.

Los líderes abiertamente irresponsables son quienes, dando cuenta de sus egocentrismos, han puesto en riesgo a la población entregando información sin sustento científico, o restándole gravedad a la pandemia. Aquí claramente tenemos el caso emblemático de Trump y Bolsonaro.

Al inicio de la crisis, Trump mostraba una postura triunfalista, jactándose de haber adoptado las medidas más agresivas posibles que se habían tomado en el mundo para enfrentar el Covid-19 y señalando que estaban haciendo un excelente trabajo y que el virus “pasaría”. Un mes después, las muertes producto del coronavirus en Estados Unidos han superado las de Italia, siendo el primer país que bate el récord de más de 2,000 muertes en un día. Durante la crisis global, Trump ha dejado clara su postura respecto a la cooperación internacional. Hace algunas semanas, representantes del gobierno alemán declararon su molestia por la supuesta solicitud que Trump habría hecho a una compañía médica alemana para tener los derechos exclusivos para producir vacunas en contra del Covid-19. Asimismo, 3M la mayor empresa productora de máscaras N95, declaró que el gobierno de Estados Unidos pidió que se terminara la exportación de este producto a Canadá y Latinoamérica, pudiendo afectar gravemente la situación en países que dependen de aquel insumo.

Por su parte, Bolsonaro en Brasil escandaliza al mundo con sus declaraciones irresponsables en las que compara el Covid-19 con un “resfriadito”. En una conferencia de prensa, el mandatario indicó que los brasileños tenían que ser estudiados porque no se contagiaban de nada, incluso si saltan a las alcantarillas. Según él, en Brasil había personas infectadas hace semanas que ya tenían los anticuerpos contra el virus. Posteriormente, Bolsonaro declaró sin medias tintas su oposición a cerrar escuelas y tomar medidas más estrictas para evitar la propagación del virus. Tal es el desamparo de la población, que en sectores vulnerables el crimen organizado tomó las riendas de la “protección” de personas, imponiendo distanciamiento social.

El segundo grupo es el de los líderes que han sabido manejar la crisis equilibrando el foco entre la tarea y las personas. Aquí el caso más claro ha sido el de Jacinda Ardern en Nueva Zelanda, quien el 23 de marzo anunció una estricta cuarentena de un mes en todo el país. En esa ocasión, Ardern dejó claro cómo tomó su decisión indicando que podrían haber esperado y planear cada detalle de la cuarentena, pero que esto implicaba exponer a las personas y que prefirió no hacerlo.

Tal vez una de las cosas más interesantes de la manera en que Ardern ha enfrentado la crisis es su capacidad empática y foco en las personas. Al final de su discurso en el que informaba de la cuarentena, Ardern no tan sólo puso un tono humano a la crisis, sino que también dejó claro la relevancia del actuar colectivo. “Si tienen dudas acerca de lo que pueden o no pueden hacer, apliquen un principio simple, actúen como si tuvieran Covid-19, cada movimiento que hagan puede poner en riesgo a otros. Esto es cómo debemos pensar, colectivamente. Nos estamos poniendo como prioridad y eso es algo que como nación sabemos hacer muy bien. Nueva Zelanda, tengan calma, sean amables, quédense en casa, podemos romper la cadena”, señaló. Las palabras y gestos de los líderes en tiempos de crisis son aún más importantes que en otras ocasiones y esto Ardern parece saberlo muy bien.

El 6 de abril, Ardern en un gesto de conexión con las familias de su país, se dirigió a los niños y niñas para señalarles que “el conejo de pascua y el ratón de los dientes son considerados trabajadores esenciales” pero que también tenían que entender que ambos podrían estar muy ocupados durante este tiempo con sus propias familias.

Dentro de este grupo también está Angela Merkel, que claramente con un tono distinto al de Ardern, salió de la acostumbrada sobriedad de su discurso para asignarle la gravedad necesaria a la situación, aclarar lo que venía y poner en la mesa la relevancia de la solidaridad. En su discurso, indicó que había que tomarse el virus en serio y que desde la Segunda Guerra Mundial, Alemania no había afrontado un desafío que dependiera tanto de la solidaridad colectiva. Luego, dándole un enfoque personal, aludió a su pasado señalando que para alguien como ella, para quien la libertad de movimiento había sido un derecho que se había ganado con dificultad, la restricción que se estaba imponiendo solo se justificaba por absoluta necesidad.

También hizo un llamado a no acaparar cosas de los supermercados. Ese mismo día, se la vio haciendo sus compras en una tienda en Berlín, en una foto que dio vuelta al mundo, Merkel aparecía con un carro de supermercado llevando unas pocas cosas, entre ellas algo de comida, papel higiénico y vino. De acuerdo a un artículo del New York Times, las fotos se hicieron virales como un signo dirigido a dar seguridad en una situación de crisis global.

El tercer grupo de líderes mundiales han sido los lentos en la toma de decisión, los improvisadores e incluso negligentes, aquellos que han aparecido llegando tarde a todo. Aquí se puede mencionar el caso de Sebastián Piñera, Andrés Manuel López Obrador y Boris Johnson. Las decisiones de este último se han modificado desde el comienzo de la crisis, situación que abordó The Guardian en una cronología.

El 3 de marzo, Johnson se jactaba de seguir dándole la mano a las personas e hizo un llamado a continuar con las vidas normalmente. El 23 de marzo informó que el Reino Unido entraría en cuarentena. Johnson, el mismo que se dirigía a la ciudadanía diciendo que “muchas familias iban a perder a su gente querida antes de lo esperado” tuvo que ser ingresado a cuidados intensivos por síntomas persistentes de Covid-19.

El presidente Piñera, por su parte, también parece ir usando la táctica del ensayo y error. Sus respuestas a la crisis han sido lentas y en ocasiones parecen ser producto de la presión ejercida por la ciudadanía o por evitar la humillación de ir detrás de los alcaldes en la toma de decisión. Cada decisión que ha tomado Piñera durante la crisis viene con un retraso de un par de días o semanas, lo que en el caso de una crisis sanitaria de este tipo puede traer consecuencias fatales para la población.

Piñera demoró el cierre de fronteras y no fue hasta que los alcaldes decretaron la cancelación de clases que mandó a suspenderlas en todo el país. La cuarentena instalada en ciertos sectores de la capital fue tardía y su ejecución ha sido torpe. Piñera no tan sólo tiene graves problemas para manejar las comunicaciones en general, sino que tampoco ha sido capaz de elegir dentro de sus asesores a personas que puedan hacer frente a la crisis de mejor manera, al menos comunicacionalmente. La ministra Karla Rubilar, que tuvo algunos aciertos comunicacionales antes de ser nombrada como vocera, ha jugado un rol absolutamente menor durante la crisis sanitaria.

Dos ministerios que deberían ser centrales para el manejo de la crisis, como lo son el de Educación y el de la Mujer, están funcionando con el equipo de reserva luego de que sus líderes decidieran abandonar el barco en medio de la crisis social. De los nuevos ministros, no se sabe claramente cuáles son sus capacidades para el cargo, ni cuáles son sus propuestas. El Ministro de salud, Jaime Mañalich, que se ha destacado por su falta de empatía y manejo soberbio de la crisis, tampoco es la mejor carta para dar tranquilidad a una ciudadanía que hace meses está pidiendo una conducción humana de la política en Chile.

Un elemento relevante respecto de Piñera es que, no obstante, ha llevado la crisis a punta de tropiezos, ha dado señales claras de su visión de la política y de sus preferencias para conducir el país. El hecho que una de sus primeras disposiciones haya sido decretar estado de catástrofe para permitir la salida de las Fuerzas Armadas aún sin dar a conocer ninguna otra medida para enfrentar la crisis, es un signo político importante. La decisión de no molestar en demasía ni a la banca, ni a las Isapres, ni a los privados en general, en un contexto donde bien se podrían tomar medidas para hacerlo, también da cuenta de algo; que el modelo no se toca.

El paseo y sesión de fotos que tuvo el Presidente hace unos días en lo que ha sido el bastión de la protesta social, también habla de su visión y personalidad. En ese sentido, uno de los errores más grandes que hemos cometido ha sido pensar que Piñera no entiende, o que comete errores sin darse cuenta, las llamadas “piñericosas”. Pensar que las conductas del presidente son producto de una especie de infantilismo es problemático por dos razones; porque le quita responsabilidad a sus acciones y porque no permite analizar la contingencia política estratégicamente. El Presidente sí entendió el estallido social y sí entiende las peticiones de la ciudadanía, entendió ambas cosas, pero decidió ignorarlas.

Piñera sí sabía que tomarse fotos en el centro de la protesta molestaría y sería visto como una provocación, y justamente por eso lo hizo. ¿Quién dijo que el Mandatario no podía caminar tranquilo por su propio país como otros líderes mundiales? ¿quién dijo que el estallido social lo había botado? No es atrevido decir que Piñera tiene la convicción que hace las cosas bien, que el estallido social fue una roca en el camino, pero que saldrá fortalecido. Ahora, con el manejo de la pandemia, Piñera se ha visto bastante más presente que en el estallido social y con un semblante bastante más triunfante.

La crisis global que ha traído el coronavirus ha dejado más claro que nunca que no da lo mismo quien gobierne. Los líderes políticos en tiempos de crisis no están tan sólo para dirigir el país en pos de una meta específica, también deben hacerse cargo del lado humano de una tragedia de la que aún no sabemos cómo terminará. Los líderes políticos mundiales nos han mostrado un abanico de posibles conductas, desde las más egoístas a las más sensibles, los resultados de su conducción los veremos a corto y largo plazo y quedarán para ser juzgados por la historia.   

La Primera Línea

La primera línea va más allá de la idea de un grupo de personas, principalmente jóvenes, que se ubican en ciertos lugares como la Plaza de la Dignidad para no permitir que pase Carabineros, ese fue su inicio. La primera línea se transformó en algo más abstracto que incluye a quienes están literalmente poniendo el cuerpo para mantener la protesta. Son quienes siguen en la calle, arriesgando sus vidas y bienestar físico por mantener la causa presente.

La primera línea no pretende ni tiene en sus códigos ser pacífica. La primera línea no pretende que la gente se sienta cómoda y tranquila, la primera línea quiere (y debe) molestar, pretende y quiere generar inquietud e inseguridad en quienes han estado por décadas cómodos y seguros. La primera línea está ahí para que a nadie se le olvide que las demandas no han acabado, que aún no se soluciona nada.

Lo que algunos llaman apología a la violencia o romantizar a la primera línea, ocurre justamente porque desde que quedó en evidencia que salir a protestar te puede costar la vida o tus ojos mientras los culpables siguen en las calles en completa impunidad y con apoyo irrestricto del gobierno, muchos decidieron no ponerse en riesgo. Aquellos y aquellas que han decidido no salir más a las calles por temor a que algo les ocurra han entendido el valor de quienes siguen poniendo el cuerpo en las protestas.

Hablar de la primera línea es complejo, porque no es una persona ni un grupo organizado, porque no hay cabecilla responsable, porque no es una entidad que funciona con reglas escritas ni jerarquías convencionales. Estas características, incomprensibles para los viejos de la política y para los seguidores de extrema derecha son, no obstante, fácilmente comprensibles para quienes han estado en las protestas. Aquí voy a tirar una generalización porque claramente hay caso a caso, pero creo que vale la pena dilucidar un poco tema.  La primera línea tiene lógicas y códigos, la primera línea no quema museos ni cafés literarios, ni menos las carpas de los indigentes del sector. La primera línea no sale a las 4 am a vandalizar porque a esa hora ya no están, tanto ellos como las brigadas de primeros auxilios ya se han ido. Justamente por eso, esa es la hora en que se quema el Matapacos, se pinta la fachada del GAM y las consignas de las calles son cubiertas con pintura verde en apoyo a Carabineros. Si la primera línea estuviese ahí a esa hora, eso no pasaría. Como prueba de eso, basta con que vayan un día a las 7 de la tarde e intenten hacer lo mismo, a ver cómo les va. Pongo otro ejemplo, cuando ayer se quemaron los autos afuera del Hotel O’Higgins, yo al menos, no vi a nadie indicando que esto era un montaje de Carabineros, o que había sido la extrema derecha como en otras ocasiones ¿por qué? porque, se esté de acuerdo o no, el actuar no se sale de los códigos de la primera línea. Por la misma razón que la Farmacia Ahumada y las AFPs tienen sus ventanas protegidas y la farmacia local no. Nuevamente, ahí están quienes quieren decir, Chile no está para festival, ni para alfombra rojas, ni frivolidades faranduleras, no queremos que se piense que aquí está todo normal, todo bien, y poner bajo la alfombra las violaciones a los DDHH para un festival de utilería.

La primera línea se romantiza porque es valiente, porque están poniendo el cuerpo para la protesta, porque si la primera línea decide irse a la casa a dormir, esto se acaba y el gobierno rápidamente cubrirá con su manto de falsa paz las demandas de la gente. La primera línea se romantiza porque hay quienes la necesitan, porque si la primera línea se calla, los sin voz seguirán sin ser escuchados.

Créditos foto Raúl Thiers Instagram link

 

 

 

La mentira como estrategia política

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El uso de la mentira y el engaño como estrategia política no es un fenómeno nuevo, sin embargo, desde el 18 de octubre, esta tendencia se ha hecho más evidente en Chile. La idea que los políticos mienten ha sido históricamente parte del conocimiento popular, motivo de chistes, portadas de diarios, comentarios de pasillo, etc. No obstante, desde ya unos años el uso de la mentira como herramienta política a nivel mundial se ha comenzado a alejar bastante del tipo de mentiras al que hasta ahora habíamos estado, de alguna manera, acostumbrados.

La llegada de Trump al poder en Estados Unidos se instala como uno de los casos más emblemáticos de esta estrategia, de esto hay varios ejemplos, sólo por mencionar uno la conocida mentira que Trump sostuvo por bastantes años que indicaba que Obama no había nacido en Estados Unidos, lo que lo convertiría en un presidente ilegitimo. El 2012 Trump indica en su twitter que una “fuente extremadamente creíble” lo había llamado para decirle que el certificado de nacimiento de Obama era un fraude. En el 2017, Sean Spencer, secretario de prensa de la Casa Blanca acusó a los medios de comunicación de subestimar deliberadamente la cantidad de gente que había llegado a la ceremonia a celebrar el inicio del gobierno de Trump, indicando que había sido la “audiencia más grande en presenciar una inauguración presidencial”. Los datos indicaban que este comentario era claramente una mentira, al ser interpelada por los periodistas, la consejera del presidente Kellyanne Conway responde, con bastante tranquilidad, que el periodista estaba siendo “demasiado dramático” y que lo que Sean Spencer había hecho era “entregar hechos alternativos” (alternative facts). El blog no me daría para hacer una lista de todas las mentiras y engaños dichos por Trump hasta ahora, pero aquí en estos links puede encontrar un buen trabajo hecho por el Washington Post y una página web (Polifact) dedicada a analizar este tipo de información con un “verdadometro” (Truth-o-Meter).

En este contexto de falsedades, comienza a aparecer con fuerza el concepto de la “post-verdad”. El 2016, el diccionario de Oxford reconoce este concepto como la palabra del año por el amplio uso que se le estaba dando en el ámbito político. Sin profundizar mucho en el tema, la post-verdad se define como la circunstancias en que los hechos objetivos son menos influyentes en formar la opinión pública que las emociones y creencias personales (Oxford). Tal como lo plantea un artículo del Economist denominado “política de la post-verdad el arte de la mentira”, el problema de la post-verdad es que va más allá de una elite que decide mentir, lo nuevo de este fenómeno es que la verdad tiene una importancia secundaria. En términos fáciles, las mentiras no se cuestionan, sino que se crean para fomentar y reforzar prejuicios.

El uso de la mentira por parte de las autoridades desde el 18 de octubre en Chile, tiene para mí al menos dos elementos que considero interesantes, por un lado, refuerza la idea que lo que se intenta con la mentira no es tan solo engañar a la ciudadanía, sino que reforzar los miedos y prejuicios existentes en un grupo de la población. Las mentiras y engaños del gobierno apelan a una de las emociones más básicas, el miedo. La derecha chilena, tiene una larga trayectoria en la instalación del miedo como herramienta para impedir que se lleven a cabo cambios y para generar rechazo a nuevas formas de gobernar. Además, tiene una larga experiencia en presentar este rechazo al cambio como algo coherente, justificado y como si fuese en beneficio de la mayoría de la gente.

No hay que olvidar los frenos que la derecha ha puesto a reformas importantes de la sociedad chilena (ver estos artículos 1 2). Por ejemplo, fueron los representantes de la derecha quienes se opusieron a la Ley de Filiación que en 1998 puso fin la discriminación entre hijos “legítimos e ilegítimos” aduciendo a la necesidad de mantener estas diferencias para no poner en peligro la institución de la familia. Señores como Chadwick, Alberto Cardemil, Hernan Larraín, Carlos Bombal y Miguel Otero se oponían a esta medida porque como lo indicó el señor Larraín “no corresponde a un criterio realista intentar que la ley iguale aspectos de la relación humana que la naturaleza ha hecho diferente…Este es el grave peligro que se cierne cuando se propone legislar haciendo tabla rasa de las distinciones entre las posiciones jurídicas de los hijos. Si no se hacen diferencias, es porque el sistema jurídico, como tal, desconocerá la virtualidad jurídica de la institución matrimonial”. Los “peligros” de la tabla rasa, de la igualdad ¿no les suena conocido?

Cuando en el año 2004 finalmente se aprueba la ley de Divorcio, parte de la derecha, instala nuevamente el discurso del miedo, indicando que el aprobar esta ley pondría en peligro la institución de la familia, llegando a relacionar a hijos de padres separados con drogadicción y violencia. En esa discusión el señor Chadwick indicaba que el divorcio “no tan solo trae consigo mayor pobreza a la sociedad, sino que menores oportunidades y mayores problemas emocionales y conductuales…se generan problemas conductuales, psicológicos y delictuales; se rompe por completo uno de nuestros anhelos más importantes para el orden social, cual es la igualdad de oportunidades para valerse en la vida. Aquel que proviene de una familia destruida”. Nuevamente, los cambios que generarán destrucción, pobreza, desorden, delincuencia. Otra vez, ¿les suena conocido?

Aquellos representantes de la derecha chilena que fueron férreos defensores de la dictadura ahora se dicen férreos defensores de la democracia. Y así como en la campaña del Sí el Senador Allamand argumentaba que había que votar por el SI para “fortalecer la democracia” (video) y Marcela Cubillos (video) aparecía diciendo cómo Pinochet había trabajado duro en eliminar la pobreza y que estábamos ad portas de solucionar el problema. Agregando que “algunos critican al presidente Pinochet porque ha permanecido 15 años en el cargo yo como mujer, como joven admiro un hombre que se entrega 15 años en recorrer hasta el último rincón del territorio y se preocupa de los problemas principalmente de los pobres, por eso votaré que sí y lo haré con mucha fe”. Ahora, en la campaña por una nueva Constitución, traen nuevamente el miedo para boicotear posibles cambios, Allamand, por ejemplo, indica que una nueva constitución “destruiría la casa que con tanto esfuerzo hemos levantado”. Se intenta instalar nuevamente, la idea de la hoja en blanco como un paso para el “caos”, la “destrucción”,  el “desorden”.

Un segundo tema que me parece interesante ha sido la reacción de parte de la población chilena al otro tipo de mentira, esta mentira un poco más “simplona” la que de dice sólo con el fin de tergiversar los hechos y engañar a la ciudadanía. Aunque claramente no es generalizable, por las reacciones que he visto en las redes sociales, me parece ver un importante desconcierto entre las personas. La gente parece genuinamente sorprendida por las mentiras que han dicho abiertamente las autoridades, al parecer no estábamos tan acostumbrados a que nos mintieran en la cara casi con total impunidad. Hay una lista larga de mentiras, desde quiénes mandaron a pedir el famoso informe del big data, los dichos del Ministro Mañalich cuando indica que “nuestro sistema de salud es uno de los mejores y más eficientes del planeta” o cuando en la interpelación en su contra señala que “los libros de reclamos de los Compines están llenos de felicitaciones” a los dichos del presidente Piñera cuando señala que muchos de los videos en que se evidencian las violaciones a los DDHH son falsos y que son  filmados fuera de Chile. Esta última mentira, que llenó las redes sociales con el hashtag #mentiroso #mitómano generó tal nivel de molestia en la población que el presidente se vio obligado a grabar un video indicando que “no se había expresado en forma suficientemente precisa”.

Tal como claramente se ha evidenciado, las mentiras y engaño, han incrementado la sensación de desconfianza frente al gobierno y las instituciones en general . El apoyo al presidente, el congreso, carabineros, se encuentra posiblemente en los niveles más bajos que hemos conocido (ver encuesta CEP). Me parece que una de las cosas más preocupantes en la actualidad es que ya las autoridades han dado claros indicios que no pretenden cambiar su estrategia de aumentar la inseguridad criminalizando el movimiento social e ignorando las violaciones a los DDHH documentadas por distintos organismos nacionales e internacionales. Lo que es peor, no han dando tampoco indicios que pondrán un freno a las violaciones a los DDHH en el futuro. Me atrevo a decir, y esto es sólo especulación, que la represión ejercida por el gobierno, que asegura que el movimiento continúe, pero también que se produzcan más estallidos de violencia, se va a mantener al menos hasta abril; el gobierno necesita mantener la sensación de caos para que la nueva constitución tenga menos adherentes y así mantener un sistema que los ha privilegiado por décadas. No van a soltar fácilmente lo que les ha beneficiado, aunque en esa pelea sigan generando un profundo daño al país.

Quiero terminar con un último punto. En la época de los reyes y las reinas de la mentira y de los “no tengo evidencias ni tampoco dudas”, una de las cosas que necesitamos son personas comprometidas con mostrar la verdad y aquí el periodismo juega un tremendo rol. Los últimos despidos a periodistas en nuestro país dejan en evidencia, entre otras cosas, que cuando los medios dejan de ser un negocio, sus dueños bajan los costos y se generan desvinculaciones masivas. Asimismo, luego del 18 de octubre, ha quedado más claro que muchos de los medios han sido cómplices de las mentiras al difundir información falsa o con enormes sesgos. Creo que aquí podemos hacer dos cosas, por un lado, en la medida en que el estado no genere una política pública dirigida a promover el periodismo independiente, lamentablemente tenemos que aceptar que el financiamiento tiene que venir desde nosotros. En algunos países muchos de los medios cobran por tener acceso a la información que entregan. No soy para nada experta en este tema, y de seguro hay gente que tiene una visión mucho más clara de lo que se puede hacer, pero por ahora tal vez vale la pena, por ejemplo, hacerse socio de CIPER. O donar a medios que a ustedes les parezcan valiosos. También creo que tenemos que tratar de ser activos en dejar de darle visibilidad y castigar a los medios que hasta ahora han sido nefastos, en nuestras manos está bajarles los seguidores, las visitas y dejar de leerlos.

Termino esta larga entrada de blog con una reflexión de la Hannah Arendt que encontré  y me gustó, en que se refiere a la mentira en la política (es mi traducción, así es que posiblemente no es la más acertada)

“No importa cuán grande sea el tejido de falsedad que un mentiroso experimentado pueda ofrecer, nunca será lo suficientemente grande para cubrir la inmensidad de la realidad. Al mentiroso, que puede salirse con la suya con un gran numero de falsedades individuales, le resultará imposible salirse con la suya y usar la mentira como principio” (libro Crisis de la República)

Consuelo Thiers

Febrero, 2020

 

¿Y qué se hace con la rabia?: a dos meses del estallido social

Ya van un par de semanas desde que llegué a Chile y dos meses del “estallido social” y quería compartir un par de reflexiones de lo que he observado. Hace unas semanas también escribí otra entrada de blog hablando acerca de las emociones colectivas y me parece que ahora tengo más elementos que agregar.

Hoy, la golpeada clase política y muchos opinólogos de la política han planteado su preocupación y se quejan por la violencia y profundas divisiones que se están evidenciando. Las “funas”, las agresiones, que los “fascistas de izquierda” o los “fascistas de derecha”. Pienso que el problema es que no se están haciendo cargo, o al menos entendiendo, la enorme rabia y frustración que existe en una parte importante de la ciudadanía. Se está intentando, a mi juicio equivocadamente, racionalizar un movimiento y las emociones colectivas e individuales que están en juego. Se está minimizando y obviando algo que es tan evidente. No hay que ser experto, basta con salir a la calle para evidenciar algo bastante primario; la gente tiene rabia.

¿Y por qué la rabia? ¿Por qué hemos llegado a este escalamiento de la violencia y la división? Me parece que una de las causas más directas es la desconexión, el abismo entre las autoridades y las demandas de la ciudadanía. Se me viene a la cabeza una canción que imagino much@s cantaron en su niñez, la de los maderos de San Juán, esos que “piden pan, no les dan, piden queso, les dan hueso” (y se les atora en el pescuezo, o les cortan el pescuezo, dependiendo de la versión). Esta desconexión genera mucha rabia, y a estas alturas me atrevo a decir, genera odio. Las demandas sociales no se han respondido y lo que es peor, la protesta ha sido fuertemente criminalizada llegando a las graves violaciones a los derechos humanos documentada por distintos organismos internacionales (HRW, Amnesty, ONU).

Hay un montón de ejemplos de desconexión, que más bien aparecen como muestras de profunda indolencia por parte de las autoridades, el comentario del canciller Teodoro Ribera respecto de “un informe más, un informe menos”, refriéndose a los reportes hechos por organismos internacionales de DDHH, el gobierno llamando a la ONU a “validar sus fuentes” cuando entregó el informe constatando las violaciones a los DDHH, ocurridas en los últimos meses, la clara ausencia de la Ministra Plá en cuyas pocas apariciones declara que “el estado de Chile no es un macho violador” en respuesta a la extraordinaria intervención de Las Tesis “un violador en tu camino”. Que el gobierno siga adjudicándole el movimiento social a intervenciones extranjeras sustentadas en un informe con “big data” de dudosa calidad. Podría seguir, pero para qué…El gobierno sigue desconociendo que han sido sus desafortunados comentarios y su extrema indolencia respecto de lo que le pasa a la gente las que gatillaron y agravaron este “estallido social”. El mural que hay por el barrio Lastarria que muestra a Piñera con un bidón de bencina diciendo “a él le gusta la gasolina” es un claro resumen del actuar del gobierno.

Para quienes salimos a las calles se ha hecho evidente, mucho antes que el Intendente Guevara saliera públicamente a cercar la Plaza de la Dignidad/Italia/Baquedano el viernes pasado que, desde hace alrededor de dos semanas, Carabineros cambió su estrategia y ya no está permitiendo que la gente se reúna en las cercanías de la Plaza.  El día miércoles pasado, luego que no se aprobara la paridad, muchas mujeres salimos a protestar, muchas no alcanzamos a llegar a la Plaza porque Carabineros estaba reprimiendo severamente desde Eleodoro Yañez. Por el Parque Balmaceda Carabineros tiraba lacrimógenas indiscriminadamente tanto a la gente que iba a protestar como la que venía de vuelta del trabajo, entraron en sus motos al parque (repito, al parque, no por la calle) y “arriaban” a la gente hasta que atropellaron a un chico (al que no se acercaron a auxiliar). Lo que ocurrió ese día (y sigue ocurriendo), el ataque injustificado, el aire irrespirable, el miedo a que te atropellen, te peguen, te llegue una lacrimógena a la cara es realmente espantoso. El ambiente que se da entre la gente, los gritos, el miedo, la sensación de ser tan vulnerable, es de verdad muy potente. Creo que nadie se va a la casa sin una profunda sensación de desazón y rabia, mucha rabia. “Tengo ganas de llorar” le comenté a alguien, que me responde “grita, así no lloras”. Luego de tener que correr de los piquetes de Carabineros y de sus motos, sin justificación alguna, porque ni siquiera estábamos interrumpiendo el tráfico, estábamos en el parque haciendo sonar ollas, seguí caminando hasta Eleodoro Yañez y paré a comprarle un agua a una señora que me dice “acaban de atropellar a un paco ahí” ¿en serio? Le respondo. Sí, me dice “que se mueran todos esos pacos culiaos, y Piñera también, a él nunca le ha importado el pueblo”. Me senté un buen rato en una cuneta a tratar de sacarme un poco el miedo, la rabia y la profunda sensación de impotencia. ¿Qué se hace con la rabia?

La tarde del viernes que recién pasó fue la culminación de esta nueva estrategia, hasta ahora la gente salía los viernes a protestar relativamente tranquil@s (dentro de lo que se puede en las condiciones en que estamos). La decisión del Intendente Guevara de cercar la Plaza con un contingente de mil Carabineros fue leída como una provocación. Personalmente creo que la decisión estuvo motivada por el ego, el ego herido de un Intendente cuya autoridad ha sido ignorada por semanas y que fue cuestionada por algunos personajes del oficialismo el día que tocó Inti Illimani y llenó la Plaza coreando “el pueblo unido jamás será vencido“. La gente, como se podía esperar, salió igualmente a la calle, se encontró con una represión desmedida y Oscar, un chico de 20 años fue aplastado entre dos “zorrillos”, todo esto grabado y publicado rápidamente en redes sociales. El crudo vídeo que captura el momento en Oscar es aplastado por carros de Carabineros se viralizó rápidamente generando una tremenda impotencia, rabia y preocupación entre la gente. Mientras todo esto estaba ocurriendo, entre todos los vídeos que circulaban mostrando la excesiva represión, el presidente Piñera aparece en redes sociales con un tweet indicando que desde ese día comenzaba la distribución de un “Bono ayuda familiar” mostrando nuevamente su brutal desconexión. El tweet tuvo varias respuestas, ofensas varias, muchas incluyendo lo que estaba pasando en ese momento en las calles, y el vídeo de Oscar. Claramente, quienes le llevan la cuenta al presidente, no estaba viendo lo que ocurría en las calles e imagino que él tampoco. Ayer nos enteramos que el Carabinero que embistió a Oscar quedó sólo con firma mensual y la vocera de gobierno salió a justificar el actuar de Carabineros diciendo que la gente salió ese día a protestar sin autorización.

¿Qué ocurre cuando estamos frente a un gobierno que parece no escuchar las demandas, que continúa en la lógica de la guerra, criminalización, el enemigo poderoso en una sordera que aún no puedo determinar si es deliberada o no? ¿Qué ocurre cuando quienes tienen el monopolio legítimo de la fuerza la ejerce en forma desmedida e indiscriminada violando los derechos humanos? Aquí de seguro los sociólogos saben muchísimo más que yo y podrán hacer algunas predicciones acerca de lo que viene. Como esta es una reflexión personal y no tiene pretensión de ser particularmente objetiva, me atrevo a decir que la gran mayoría de quienes han estado continuamente protestando en la calle en estos dos meses han exacerbado sus sentimientos de rabia y odio hacia el gobierno, las autoridades, el presidente, carabineros. La percepción de ser violentados injustamente hace que quienes comenzaron con una postura moderada y conciliadora se radicalicen.

Entiendo que hay muchas personas que quieren que las protestas terminen, que quieren “volver a la normalidad”, sin embargo, en el ambiente en que estamos y al nivel que se ha llegado, me atrevo a decir que esto difícilmente va a ocurrir. A estas alturas la violencia ya generó más violencia y más rabia.

Vuelvo a lo que indico al comienzo del blog, lo problemático de intentar explicar el movimiento desde la racionalidad pura. He escuchado (y leído) gente que evalúa estos dos meses como altamente destructivos, se preguntan qué se ha ganado, indican que ahora somos más pobres que antes, que hay pérdidas económicas, que hay desempleo, que la “gente no entiende”, que los “simios que quieren destruirlo todo”, que el lumpen que insiste en llamarle Plaza de la Dignidad a la Plaza Baquedano, que la gente es tonta por mantenerse movilizada sin entender que con esto no soluciona nada. Esos argumentos tienen, a mi parecer, algunos problemas. Por un lado, está la premisa equivocada que la única ganancia que se puede tener o que se espera es una ganancia económica. Basta con salir a la calle, observar y hablar con la gente para darse cuenta que las ganancias han sido otras. Hay individuos que han ganado la pertenencia a una comunidad, que han ganado compañía, sentido, nuevas ideas, cosas por las que quieren pelear. Imagino que para much@s que han vivido en espacios protegidos desde que nacieron, con familias estables, contactos y redes, esto no se entiende o no se considera importante, sin embargo, el sentido de pertenencia es algo tremendamente relevante y constitutivo de nuestra identidad. Se ignora que la gente que ha vivido en forma precaria durante generaciones, ha desarrollado resiliencia. Se ignora que mucha de la gente que, lamentablemente, se ha visto obligada a sobrevivir la precariedad ven en este movimiento una pequeña esperanza para poder salir de ella. Si hay que aguantar un poco más se aguanta.

Los argumentos de quienes están en contra de las protestas, ignoran la esperanza, no se entiende que haya esperanza en tal precariedad y esa esperanza se ha percibido como sinónimo de absurda obstinación. Hay esperanza, pero también hay miedo, hay miedo a que luego de esto nada cambie, pero, nuevamente, la esperanza es lo último que se pierde. Por eso la gente sigue en la calle, porque si se van tod@s a la casa como muchos esperan, porque si las movilizaciones paran, todo lo que se ha hecho, todo lo que se ha perdido y todo lo que se ha ganado se va al tacho de la basura. Algunos tienen miedo a esta “anormalidad violenta” y buscan desesperadamente el orden. Pero otros, quienes han vivido en una “normalidad violenta”, le temen a la normalidad.

Tal como lo comenté hace unas semanas, el movimiento social ha estado lleno de simbolismos, que, aunque a los fieles defensores de la razón les parezca ridículo, son elementos que le dan fuerza y sentido al movimiento. Uno de los grandes símbolos es el “Matapacos”, un perro negro con un pañuelo rojo, un quiltro, que andaba en la calle y al que se le adjudica la valentía de pelear en contra de ese gran gigante armado represor. Una plaza que hasta hace unos meses tenía un monumento y pasto verde, ahora se transformó en el centro de las protestas, sin pasto, rayada. Así, fea, sucia y hedionda, con el “lumpen” encapuchado, la plaza se rebautiza como “La Plaza de la Dignidad”, porque es fea, pero REAL. Para los defensores de la razón, ese desorden no puede ser digno, pero para la gente que está ahí es un es el bastión simbólico de la protesta y la gente lo está peleando poniendo en riesgo su integridad física y psicológica. Si alguien en el gobierno entendiese este punto tan pero tan simple, lo pensaría diez veces antes de mandar a Carabineros a reprimir como se ha hecho. O tal vez lo entienden, y ahí está la pregunta que alguien hizo hace algunos días en Twitter ¿son tontos o son malos?

Tal vez me voy a ir en una “volá” un poco fuera de lo que en un principio quería plantear, pero me parece que este ignorar, burlarse o minimizar los elementos afectivos del movimiento social, es otro producto del patriarcado, que nos hace creer que los únicos argumentos válidos son los que se pueden explicar directamente por lo racional ignorando los simbolismos, la búsqueda de sentido, las emociones, las relaciones entre personas. Este ignorar o este orden de las prioridades trae costos, costos a largo plazo. Quienes crean que cuando se acaben las protestas, la sociedad chilena va a volver rápidamente a la normalidad y que todo quedará en el pasado como una especie de impasse en nuestra historia, están muy equivocados. Cuando se acabe esto, nos tendremos que hacer cargo de una sociedad fragmentada, nos tendremos que hacer cargo de chic@s jóvenes que han sido encarcelado y que no sabemos si podrán cuando salgan, quizás en diez años más, rehacer sus vidas sin odiar a una sociedad que los abandonó. Nos tendremos que hacer cargo de personas mutiladas, de personas torturadas y vejadas sexualmente. Nos tendremos que hacer cargo de la profunda desconfianza hacia las autoridades, del odio a las fuerzas de orden. Esto no cambiará con una nueva Constitución, ni con nuevas medidas sociales.

Si queremos que la sociedad chilena y el país crezca en una convivencia y democracia sana, tiene que venir un proceso de reparación a las víctimas, que parte por castigar a los culpables de las violaciones a los Derechos Humanos. Nuestra historia ya nos lo enseñó, no podemos avanzar como sociedad mientras exista impunidad, pactos de silencio y justificaciones de lo injustificable.  Por ahora, y a riesgo de sonar majadera, el gobierno debe dejar de agravar el problema, esto no va a parar con más represión, la gente en la calle sigue peleando y el gobierno debe hacerse cargo de las demandas y dar una señal clara de cómo va a frenar las violaciones a los DDHH que siguen ocurriendo. El gobierno debe dejar la gasolina de lado y parar el incendio y la oposición debe comenzar a actuar como tal, si no quieren ser recordados como un punto negro más en la historia de Chile.

Consuelo Thiers

Al Chile que llegué

Llegué a Chile hace tres días, adelanté mis pasajes porque no pude seguir tan lejos de lo que estaba ocurriendo. A los chilenos que estamos en el extranjero nos llega toda la información, noticias, trascendidos, etc. pero creo que la angustia más grande es no tener claro el “sentir” de la gente o lo que está pasando en las calles. Este texto va para ell@s, pero también para aquellos chilenos y chilenas que han estado tan presentes que tal vez ya han naturalizado cosas que antes nunca pensaron que ocurrirían. Ojo, que es esto es sólo una descripción personal de lo que he visto hasta ahora, no pretendo en absoluto cubrir todos los flancos ni dar una visión comprehensiva (ni académica) de todo.

Salí por primera vez a la Plaza de la Dignidad el lunes para la marcha feminista, todos los días desde las cinco de la tarde, la plaza se “cierra” para dar paso a los manifestantes. Caminé con mi hermano por distintos lugares desde Salvador hasta el metro Católica, él ha estado reporteando en las calles todos los días desde que partió este “estallido social” y me llevó a los lugares en donde la prensa no llega (ni muchos en Santiago). En este artículo, él hace una mejor descripción que yo, pero les contaré esto con mis ojos de novata.

Aunque parezca extraño, en esa pequeña parte de la ciudad hay distintos sectores, bien marcados, uno en donde están los manifestantes hablando, cantando, etc. y otros en donde hay crudos enfrentamientos entre Carabineros y manifestantes. Desde más o menos el metro Salvador hasta Baquedano la calle se ha convertido en un espacio de reunión, comercio callejero, manifestaciones, música, etc. Hay vendedores de banderas chilenas y mapuches, de pañuelos verdes, morados y rojos (por el matapaco), de empanadas, handrolls, churros, cerveza, mojitos con menta y albahaca (es en serio). Mientras más se avanza hacia el metro Católica, la cosa se pone un poco más fea, surrealista diría yo. La estación de metro Baquedano ya no existe, es un receptáculo de escombros, piedras y basuras varias. El olor a lacrimógena es bastante insoportable, la única manera de estar ahí es con pañuelos o máscaras.

El nivel de organización de quienes se manifiestan es bastante sorprendente, también la sensación de comunidad que se da es impresionante. La gente se cuida dentro de lo que puede, “hermano ¿quiere agüita con bicarbonato?” cuando las lacrimógenas no dejan ver, “ahí viene una lacrimógena, cuidado cuidado” gritan algunos, mientras otros corren a apagarla con guantes y un bidón de agua. Menciono esto para que se entienda un poco lo que está ocurriendo; el haber visto a unos dos metros de distancia la caída de una lacrimógena, implica que fácilmente podría haberme llegado a la cara y haber corrido una suerte similar a Fabiola Campillai, quien ayer perdió sus dos ojos. Si le ocurrió esto a ella que ni siquiera estaba participando de las manifestaciones, imagínense a quienes sí están en la calle protestando.

Un tema aparte son los chicos y chicas de la “primera línea”, jóvenes que rondan entre los 15 y 20 años y que son quienes enfrentan a carabineros directamente protegidos con escudos de lata, máscaras y guantes especiales para detener las bombas lacrimógenas. La gente que está ahí y que sabe de los enfrentamientos (ojo, no todos están mirando ese lado de la Alameda), les tiene confianza y respeto. Lo viví, cuando carabineros nos hizo una “encerrona”, que es cuando tratan de entrar desde distintos lados a reprimir a la gente (hace unos días las encerronas fueron tales que la gente terminó tirándose por el puente al río Mapocho), me quedé en la mitad de la Alameda, sin saber para dónde correr. Lo único que se podía hacer era tratar de protegerse un poco agachados y quedarse cerca de la muralla. Ahí, la gente espera (y llama) a la primera línea, para que salgan a hacer de escudo humano para que el resto pudiese correr (nuevamente, esto es literal). “Tranqui, que ahora sale la primera línea y arrancamos” me dijo mi hermano. Cuando se desocupó un poco la calle pudimos correr “no mires para atrás que cuando ves a la gente corriendo te desesperas y te puedes caer” otra vez mi hermano.

Mientras esto ocurría pude ver a los observadores de DDHH y a los voluntarios que dan primeros auxilios (y en algunos casos el único auxilio) a los manifestantes. Es bastante impresionante ver a los voluntarios, andan afirmados del brazo con máscaras antigases y escudos (sí, leyó bien, escudos) para evitar ser golpeados por las lacrimógenas o perdigones. Vi a un chico salir en camilla, herido y a la ambulancia entrar a la plaza mientras la gente les daba paso rápidamente. Hay en esas calles varios lugares, bastante precarios en donde se ubican los voluntarios, “primeros auxilios autogestionados” dice uno de ellos al lado de una iglesia cercana. Si soy honesta, creo que es de las cosas más fuertes que me ha tocado ver, partes de Santiago parecen una zona de guerra. La verdad, aún no me queda muy claro cuál es el objetivo de estos enfrentamientos, no entiendo muy bien para qué las bombas lacrimógenas y cuál es el objetivo de Carabineros en ese lugar. No sé qué es exactamente lo que están tratando de defender porque definitivamente no es el orden público. Usted dirá, que están defendiendo los negocios cercanos de saqueos, pero desde lo que observé este tampoco es el caso. Muchos de los negocios continúan funcionando durante el día sin “protección” alguna de Carabineros. Lo de los negocios y saqueos es tema aparte y lo comentaré un poco más adelante. Por ahora quiero comentar que lo que vi me hizo recordar mucho, obviamente en escala muchísimo menor, los enfrentamientos entre capuchas y Carabineros en Gómez Millas en donde hice mi pregrado (Pablo Ortuzar se refirió a esto en este link). Prácticamente tod@s sabíamos que en ciertas fechas un grupo de Carabineros se pararía por la calle Ignacio Carrera Pinto a “pelear” con los capuchas, la dinámica era siempre igual, los pacos tiraban lacrimógenas mientras los capuchas les respondían con piedrazos o molotovs. Ese día el resto de los estudiantes o no íbamos a la facultad o nos teníamos que quedar hasta que ambos grupos se aburrieran de tirarse cosas. La gran diferencia es que, en este caso, esto no es un “juego” de un día o dos entre un grupo de capuchas y carabineros, en este caso se está afectando al país completo durante los últimos cuarenta días, dejando una sensación de inseguridad y miedo en la población. Un ejemplo más de la puerilidad de Carabineros (no puedo visualizarlo de otra manera) fue un pequeño incidente que vi mientras caminaba por el Parque Bustamante en donde hay un cuartel o retén (no sé cómo llamarle) en una de las entradas al metro en dónde la gente no tiene acceso. Un grupo de jóvenes le gritaba una serie de ofensas a Carabineros que estaban en el subterráneo, me paré porque por un momento pensé que tenían a uno de ellos atrapado y por los gritos me asusté. Resulta que no, que los chicos estaban ahí gritando todo tipo de cosas, mientras Carabineros les respondían desde abajo. Pregunté a un chico qué estaban haciendo y me responde “hay unos pacos ahí abajo y están peleándose”, le pregunté si Carabineros respondían y me dijo “sí, son weones”.

Luego de la “iniciación” en protestas que tuve el lunes, el martes y miércoles salí a caminar por varias horas, desde Tobalaba hasta La Moneda. Las calles son otras, la fachada de las casas, negocios, murallas, y diría toda superficie están llenas de rayados, dibujos, papeles, consignas, etc. La gente está hablando de política en todos lados, es la misma sensación que tuve después del terremoto del 2010, todos queríamos hablar de lo que había pasado. Las consignas y rayados en las calles son variados, pero siguen una misma línea, en su mayoría están dirigidas a Carabineros “pacos violadores, asesinos, pacos qls, que se acaben los pacos, paco muerto no viola, ACAB (all cops are bastards)”. Se ve mucha rabia, muchas imágenes que simbolizan la pérdida de los ojos por los balines “de goma” de Carabineros, mucho perro “matapaco” por todos lados, mucha “amenaza” como “todas las balas se te devolverán”. También hay bastante alusión a Piñera “Piñera ql, renuncia Piñera” “no queremos tu renuncia, queremos tu cabeza, Piñera a la guillotina” se lee un rayado cerca de la Católica. Hay también bastante consigna feminista “la paca no es sorora” en una muralla del Forestal. No más AFP, hasta que la dignidad se haga costumbre, aborto libre, educación gratuita, etc, etc. Caminar por Santiago es una sorpresa diaria, porque todos los días hay algo nuevo. El martes en la noche, por ejemplo, un grupo “pro Carabineros” salió a pintar sobre todos los rayados. Pusieron pintura verde y escribieron “gracias carabineros”, también pintaron de verde la estatua del matapacos y luego la quemaron al día siguiente. Los “pro Carabineros” parecen ser más madrugadores, porque aparecen cuando ya nadie está en las calles.

Respecto de los negocios y empresas es bastante interesante ver hacia dónde está dirigida la rabia de la población. Todas las cadenas de farmacia por el sector que he caminado están “blindadas”, lo mismo con los bancos, AFPs, McDonald’s, Starbucks. Justo al lado de estos grandes blindados hay otros negocios, con sus puertas abiertas, atendiendo público. Es posible ver muchos negocios con carteles que dicen “este es un negocio familiar”, es interesante, pero esos carteles hablan mucho acerca del objetivo del movimiento social. Con esto no estoy negando el ataque a negocios pequeños que ha ocurrido, claramente, lo que está pasando está lejos de ser lineal.

Las calles de Santiago están vivas, la gente se tomó las calles y no veo intención de soltarlas prontamente. La creatividad, la claridad de las consignas y fuerza que he visto en la gente han sido de verdad impresionantes. La violencia que se está dando en la actualidad me preocupa mucho, pero ese es tema para otro blog. Lo único que puedo decir es que en tres días he aprendido más de política que posiblemente los tres años que llevo haciendo mi doctorado.

Consuelo Thiers

 

Emociones colectivas, trauma y el temor al desorden 

Llevo unos años estudiando conflictos entre países, enfocándome principalmente en el rol de los líderes políticos y las emociones colectivas. Desde que comenzó el movimiento social en Chile, he estado reflexionando algunas cosas y las escribo como una especie de ejercicio de desahogo personal. Advierto que es largo, porque no pude reducir en pocos párrafos lo que ha pasado en estos días.

Quisiera partir hablando acerca de la gente, de la gente que “despertó” “que está cansada de abusos” “que tiene rabia contra el sistema” y también de la “gente que lo está destruyendo todo y no le importa nada”. Todo esto, por supuesto, existe. Chile, el “país ordenado, en donde las instituciones funcionan” (¿se acuerdan de esa frase caballito de batalla de los políticos para diferenciarnos de otros países Latinoamericanos?), se sostuvo por años gracias a nuestra obediencia. Nuestro “oasis” se mantuvo a punta de silencios y sumisión. La idea de despertar, originada desde la misma ciudadanía, es precisamente esa, l@s chilen@s, siempre silencios@s pensamos, por años, que todo el mundo estaba relativamente bien, y que si a nosotr@s no nos estaba yendo tan bien era nuestra culpa (siempre el día tiene más horas para trabajar más ¿o no?). Que si a una persona no le alcanzaba para llegar a fin de mes y tenía que comprar la comida de la semana en tres cuotas era normal, que si había que elegir entre tus medicamentos o los de tus hijos era normal, que si cuando llegaba el sueldo se iba todo al pago de las deudas para continuar nuevamente el mes en cifras rojas, era normal.

El movimiento social sacó a la gente a las calles, y la gente empezó a hablar, muchos se dieron cuenta que el sistema en Chile ES claramente abusivo, que NO es normal no llegar a fin de mes, que NO es normal no poder acceder a una buena salud o educación si no se tienen los medios económicos, que NO es normal que la gente que trabajó toda su vida llegue a la vejez con una pensión de hambre. Efectivamente, la gente despertó y despertó enojada, despertó de un pésimo sueño y no quiere volver a dormirse.

Respecto de la gente que lo destruye todo, el “lumpen”, la “violencia injustificada”. Este es un terreno complejo, y este es un ángulo para mirarlo: hace ya unos años, se habla de la existencia de las emociones colectivas y el rol que juegan en conflictos inter e intraestados. La emoción de rabia, esa que siente mucha gente ahora, es en general movilizadora, y así se ha visto, la gente se junta, marcha, hace cabildos, saca toda la creatividad para demostrar el descontento y espera con eso generar cambios concretos. Pero está el otro lado, el odio, ese grupo que no podemos obviar está movilizado por una emoción diferente, que sólo se refleja conductualmente en destrucción. Much@s no entienden por qué alguien querría destruirlo todo, y lo encuentran “injustificable”. El asunto es que teóricamente lo es, para qué voy a dar la lata de cómo el sistema ha sido enormemente violento con un montón de gente, cómo el sistema ha excluido dolorosamente a un importante grupo de chilenos (imagino que a estas alturas tod@s lo saben). ¿Qué sensación de pertenencia puede tener alguien al que nunca le ha pertenecido nada? ¿por qué alguien que fue despojado de sus derechos más básicos, tendría que seguir las reglas del mismo juego que lo excluyó desde que nació? Personalmente, más que la idea de que “el lumpen se está aprovechando de la situación para destruir” a mí me extraña que no lo haya hecho antes, porque hasta eso teníamos guardado bajo la alfombra. Tal como lo leí por ahí, no sentir odio parece ser un privilegio.

¿Pudimos haber evitado todo esto? Claramente, han sido años de malas gestiones por parte de los distintos gobiernos post-dictadura que han creado y perpetuado las injusticias del sistema apelando al silencio obediente de l@s chilen@s. Entendiendo que el descontento no es tan solo producto de este gobierno ¿se podría haber evitado el nivel de destrucción al que hemos llegado en estos días? Pienso que sí, muchas de las decisiones que se han tomado han hecho que el conflicto escale, mencionaré solamente el estado de excepción como gran ejemplo. Quienes no están familiarizados con la historia de Chile podrían pensar que sacar a los militares armados a la calle no es un gran problema y no se explican por qué generó tanto rechazo. Esto “inexplicable” sí tiene explicación teórica, y tiene que ver con el trauma y la memoria colectiva. El fantasma de la dictadura, aunque algun@s no quieran aceptarlo, sigue muy presente, los cuerpos de nuestr@s muert@s están aún tibios y los recuerdos en las mentes de quienes fueron cobardemente torturad@s están aún muy frescos. En Chile aún hay generaciones que tienen madres, padres, herman@s, abuel@s, amig@s desaparecid@s. El temor, la pena y el odio aún viven en nuestra memoria, que es una memoria demasiado reciente. “Abracen a sus padres” decían por ahí en el twitter, que con esto están reviviendo los peores tiempos de sus vidas.

Cuando digo que “quienes no están familiarizados con la historia de Chile piensan que sacar a los militares no es un gran problema” lo digo como una especie de ironía porque nuestros gobernantes debiesen estar familiarizados con eso ¿o no? El presidente Piñera no tan sólo fue indolente con la historia de su propio pueblo, sino que también fue irresponsable con sus propias Fuerzas Armadas. ¿Alguien por ahí puede creer que un@ chic@, generalmente de los sectores más vulnerables de nuestro país, que está haciendo el servicio militar pudo entender la enorme responsabilidad que le estaban tirando encima? ¿era necesario hacer de es@s chic@s el receptáculo de la rabia y odio de una gran parte de la sociedad? Personalmente creo que no. De todos los que estuvieron a cargo de esta situación, resultó ser el General Iturriaga quién tuvo más conciencia de lo que estaba ocurriendo y quien dijo fuerte y claro que él (y por lo tanto el ejército de Chile) NO estaba en guerra con la ciudadanía. Hay trascendidos que el Ejército se negó a retomar el estado de emergencia antes de ayer. Y aquí puedo decir dos cosas, por un lado, me alegra que los altos mandos del Ejército hayan decidido no continuar manchando su institución de sangre y proteger a su propio personal. Por otro lado, si esto fuese cierto, sería una de las cosas más graves que puede pasar para la institucionalidad democrática de un país, el poder militar NO se subordinó al poder civil. Esto, por donde se lo mire, es gravísimo. El siguiente paso, sería “amablemente” invitar al presidente a salir (como se lo hicieron a Evo en Bolivia).

Respecto de las violaciones a los DDHH, sólo me referiré a una cosa, para mí bastante dolorosa. Además de todos los horrores que se han cometido, lo que me ha llegado profundamente es el desconocimiento de las personas acerca de sus derechos y la justificación de los abusos. Ni siquiera me referiré a los manifestantes pacíficos, los que claramente nunca debieron recibir el tipo de represión que han recibido. Me referiré a los que sí están cometiendo delitos y a los que la policía sí tiene el deber de frenar. El rol de la policía es tomar a estas personas, llevarlos detenidos y dejarlos a disposición de la justicia para que comience un debido proceso. Absolutamente NADA justifica los golpes cuando ya alguien no está poniendo resistencia, absolutamente NADA justifica las torturas. Si a usted como ciudadano le dan ganas de tomar a todos los que están destruyendo y “matarlos” como he leído por ahí, es justamente por esa razón por la que usted no está en la calle haciendo el trabajo de la policía. Aquí NO corre el ojo por ojo diente por diente, aunque a usted le den muchas ganas de que así sea.

¿Qué se hace ahora? Y acá ya hablo con mi camiseta de académica ya casi finalizando mi doctorado en Ciencia Política y Estudios Internacionales. Digo que me pongo la camiseta para hablar desde mi posición de académica porque creo que la academia en Chile (o que estudia a Chile) no está diciendo, por distintas razones, algo que para mí es evidente. Piñera debe salir de su cargo. Cuando recién comenzó el movimiento hace algunas semanas por mi cabeza nunca pasó la idea de que Piñera no debería terminar su gobierno. ¿Por qué? “Porque, aunque no nos guste, fue elegido democráticamente y eso se debe respetar” “Porque en Chile las instituciones funcionan (para que no se olviden de esa parte) y sería arriesgar la estabilidad y la democracia” “Porque hay que jugar cumpliendo las reglas del juego”

El problema surge cuando las reglas del juego se dejan de cumplir por parte, en este caso, del Estado. Las reglas del juego se dejan de cumplir cuando hay una grave violación a los Derechos Humanos, cuando el gobierno NO está ejerciendo una conducción política que le permita proteger a sus propios ciudadanos. Las reglas del juego democrático en Chile, se perdieron cuando bajo las órdenes de un gobierno se ha asesinado, golpeado, abusado y dejado ciegos a sus propios ciudadanos.

Me impresiona el temor que hay tanto en la oposición como en la academia para incluso pensar que el Presidente de la República de Chile DEBE dejar su cargo. Nadie quiere ser acusado de antidemocrático, nadie quiere ser un país “bananero” en donde las instituciones NO funcionan. Veo a much@s hablando de la necesidad de diálogo, de la relevancia de una nueva constitución, y no puedo estar más de acuerdo. Pero ojo, quedarse callado por puro conservadurismo y no decir nada frente a la idea que un presidente se mantenga en el poder luego de que bajo su gobierno se hayan violado los DDHH y de haber dejado caer al país en una de las peores crisis de su historia, es tremendamente irresponsable. La clase política tiene el deber no tan sólo político, sino que tiene el deber moral de detener esta situación y castigar a quienes han sido responsables de este escalamiento de la crisis, si no lo hacen, la historia los recordará para siempre como agentes pasivos de la destrucción de Chile. Y la academia tiene el deber de mirar un poco más allá de sus conservadurismos teóricos y dar cuenta que, a pesar de las restricciones de los sistemas presidencialistas, la posibilidad de salida en situaciones de crisis existe. Si tienen miedo a parecer antidemocráticos y bananeros, pueden usar como comparación lo que pasa en Estados Unidos, el “gran bastión de la democracia” en el que la figura del impeachment y la renuncia existen (Hello Nixon!)

Alguien por ahí puede decir, pero “si se va Piñera las cosas igual no van a cambiar” “esto viene de otros gobiernos” o “no es culpa de Piñera”. Mi respuesta a esas preguntas es la siguiente, sí las cosas cambiarían, sí viene gestándose hace años y lo que ocurre ahora sí es culpa de Piñera. ¿Por qué si se va el presidente Piñera la gente se calmaría? Porque por si no se han dado cuenta, este movimiento ha estado repleto de simbolismos, desde cambiar el nombre de la Plaza Italia por Plaza Dignidad a decapitar colonizadores y llamarles por su nombre: genocidas. La caída de Piñera es necesaria no tan sólo por la grave violación a los DDHH, sino porque su caída es simbólica porque en este minuto él representa todo lo que la gente quiere que caiga, la gente necesita ver caer el sistema en la persona de Piñera, la gente necesita sentir que ganó algo con toda esta destrucción y días en las calles. Respecto a “qué esto viene de otros gobiernos y que la culpa no es de Piñera solamente” Nuevamente sí y sí, porque bajo el sistema presidencialista, este tipo de decisiones tan relevantes para el país, recaen en la figura del presidente. Por ahí leí el otro día un tweet de Pía Lombardo, académica de la Universidad de Chile, quien escribió algo que me hizo mucho sentido “the buck stops here” la frase que tenía en su escritorio el presidente de Estados Unidos Harry Truman. ¿Qué quiere decir? que es el presidente quien toma las decisiones y quien en último lugar acepta las responsabilidades por aquellas decisiones.

El presidente Piñera tomó pésimas decisiones, decisiones que en este momento no tiene cómo revertir. El presidente Piñera se tiene que ir y tanto la academia como la oposición no pueden seguir manteniendo la conversación de pasillo y callando lo evidente.

El presidente Piñera se TIENE QUE IR

 

Por Consuelo Thiers