¿Y qué se hace con la rabia?: a dos meses del estallido social

Ya van un par de semanas desde que llegué a Chile y dos meses del “estallido social” y quería compartir un par de reflexiones de lo que he observado. Hace unas semanas también escribí otra entrada de blog hablando acerca de las emociones colectivas y me parece que ahora tengo más elementos que agregar.

Hoy, la golpeada clase política y muchos opinólogos de la política han planteado su preocupación y se quejan por la violencia y profundas divisiones que se están evidenciando. Las “funas”, las agresiones, que los “fascistas de izquierda” o los “fascistas de derecha”. Pienso que el problema es que no se están haciendo cargo, o al menos entendiendo, la enorme rabia y frustración que existe en una parte importante de la ciudadanía. Se está intentando, a mi juicio equivocadamente, racionalizar un movimiento y las emociones colectivas e individuales que están en juego. Se está minimizando y obviando algo que es tan evidente. No hay que ser experto, basta con salir a la calle para evidenciar algo bastante primario; la gente tiene rabia.

¿Y por qué la rabia? ¿Por qué hemos llegado a este escalamiento de la violencia y la división? Me parece que una de las causas más directas es la desconexión, el abismo entre las autoridades y las demandas de la ciudadanía. Se me viene a la cabeza una canción que imagino much@s cantaron en su niñez, la de los maderos de San Juán, esos que “piden pan, no les dan, piden queso, les dan hueso” (y se les atora en el pescuezo, o les cortan el pescuezo, dependiendo de la versión). Esta desconexión genera mucha rabia, y a estas alturas me atrevo a decir, genera odio. Las demandas sociales no se han respondido y lo que es peor, la protesta ha sido fuertemente criminalizada llegando a las graves violaciones a los derechos humanos documentada por distintos organismos internacionales (HRW, Amnesty, ONU).

Hay un montón de ejemplos de desconexión, que más bien aparecen como muestras de profunda indolencia por parte de las autoridades, el comentario del canciller Teodoro Ribera respecto de “un informe más, un informe menos”, refriéndose a los reportes hechos por organismos internacionales de DDHH, el gobierno llamando a la ONU a “validar sus fuentes” cuando entregó el informe constatando las violaciones a los DDHH, ocurridas en los últimos meses, la clara ausencia de la Ministra Plá en cuyas pocas apariciones declara que “el estado de Chile no es un macho violador” en respuesta a la extraordinaria intervención de Las Tesis “un violador en tu camino”. Que el gobierno siga adjudicándole el movimiento social a intervenciones extranjeras sustentadas en un informe con “big data” de dudosa calidad. Podría seguir, pero para qué…El gobierno sigue desconociendo que han sido sus desafortunados comentarios y su extrema indolencia respecto de lo que le pasa a la gente las que gatillaron y agravaron este “estallido social”. El mural que hay por el barrio Lastarria que muestra a Piñera con un bidón de bencina diciendo “a él le gusta la gasolina” es un claro resumen del actuar del gobierno.

Para quienes salimos a las calles se ha hecho evidente, mucho antes que el Intendente Guevara saliera públicamente a cercar la Plaza de la Dignidad/Italia/Baquedano el viernes pasado que, desde hace alrededor de dos semanas, Carabineros cambió su estrategia y ya no está permitiendo que la gente se reúna en las cercanías de la Plaza.  El día miércoles pasado, luego que no se aprobara la paridad, muchas mujeres salimos a protestar, muchas no alcanzamos a llegar a la Plaza porque Carabineros estaba reprimiendo severamente desde Eleodoro Yañez. Por el Parque Balmaceda Carabineros tiraba lacrimógenas indiscriminadamente tanto a la gente que iba a protestar como la que venía de vuelta del trabajo, entraron en sus motos al parque (repito, al parque, no por la calle) y “arriaban” a la gente hasta que atropellaron a un chico (al que no se acercaron a auxiliar). Lo que ocurrió ese día (y sigue ocurriendo), el ataque injustificado, el aire irrespirable, el miedo a que te atropellen, te peguen, te llegue una lacrimógena a la cara es realmente espantoso. El ambiente que se da entre la gente, los gritos, el miedo, la sensación de ser tan vulnerable, es de verdad muy potente. Creo que nadie se va a la casa sin una profunda sensación de desazón y rabia, mucha rabia. “Tengo ganas de llorar” le comenté a alguien, que me responde “grita, así no lloras”. Luego de tener que correr de los piquetes de Carabineros y de sus motos, sin justificación alguna, porque ni siquiera estábamos interrumpiendo el tráfico, estábamos en el parque haciendo sonar ollas, seguí caminando hasta Eleodoro Yañez y paré a comprarle un agua a una señora que me dice “acaban de atropellar a un paco ahí” ¿en serio? Le respondo. Sí, me dice “que se mueran todos esos pacos culiaos, y Piñera también, a él nunca le ha importado el pueblo”. Me senté un buen rato en una cuneta a tratar de sacarme un poco el miedo, la rabia y la profunda sensación de impotencia. ¿Qué se hace con la rabia?

La tarde del viernes que recién pasó fue la culminación de esta nueva estrategia, hasta ahora la gente salía los viernes a protestar relativamente tranquil@s (dentro de lo que se puede en las condiciones en que estamos). La decisión del Intendente Guevara de cercar la Plaza con un contingente de mil Carabineros fue leída como una provocación. Personalmente creo que la decisión estuvo motivada por el ego, el ego herido de un Intendente cuya autoridad ha sido ignorada por semanas y que fue cuestionada por algunos personajes del oficialismo el día que tocó Inti Illimani y llenó la Plaza coreando “el pueblo unido jamás será vencido“. La gente, como se podía esperar, salió igualmente a la calle, se encontró con una represión desmedida y Oscar, un chico de 20 años fue aplastado entre dos “zorrillos”, todo esto grabado y publicado rápidamente en redes sociales. El crudo vídeo que captura el momento en Oscar es aplastado por carros de Carabineros se viralizó rápidamente generando una tremenda impotencia, rabia y preocupación entre la gente. Mientras todo esto estaba ocurriendo, entre todos los vídeos que circulaban mostrando la excesiva represión, el presidente Piñera aparece en redes sociales con un tweet indicando que desde ese día comenzaba la distribución de un “Bono ayuda familiar” mostrando nuevamente su brutal desconexión. El tweet tuvo varias respuestas, ofensas varias, muchas incluyendo lo que estaba pasando en ese momento en las calles, y el vídeo de Oscar. Claramente, quienes le llevan la cuenta al presidente, no estaba viendo lo que ocurría en las calles e imagino que él tampoco. Ayer nos enteramos que el Carabinero que embistió a Oscar quedó sólo con firma mensual y la vocera de gobierno salió a justificar el actuar de Carabineros diciendo que la gente salió ese día a protestar sin autorización.

¿Qué ocurre cuando estamos frente a un gobierno que parece no escuchar las demandas, que continúa en la lógica de la guerra, criminalización, el enemigo poderoso en una sordera que aún no puedo determinar si es deliberada o no? ¿Qué ocurre cuando quienes tienen el monopolio legítimo de la fuerza la ejerce en forma desmedida e indiscriminada violando los derechos humanos? Aquí de seguro los sociólogos saben muchísimo más que yo y podrán hacer algunas predicciones acerca de lo que viene. Como esta es una reflexión personal y no tiene pretensión de ser particularmente objetiva, me atrevo a decir que la gran mayoría de quienes han estado continuamente protestando en la calle en estos dos meses han exacerbado sus sentimientos de rabia y odio hacia el gobierno, las autoridades, el presidente, carabineros. La percepción de ser violentados injustamente hace que quienes comenzaron con una postura moderada y conciliadora se radicalicen.

Entiendo que hay muchas personas que quieren que las protestas terminen, que quieren “volver a la normalidad”, sin embargo, en el ambiente en que estamos y al nivel que se ha llegado, me atrevo a decir que esto difícilmente va a ocurrir. A estas alturas la violencia ya generó más violencia y más rabia.

Vuelvo a lo que indico al comienzo del blog, lo problemático de intentar explicar el movimiento desde la racionalidad pura. He escuchado (y leído) gente que evalúa estos dos meses como altamente destructivos, se preguntan qué se ha ganado, indican que ahora somos más pobres que antes, que hay pérdidas económicas, que hay desempleo, que la “gente no entiende”, que los “simios que quieren destruirlo todo”, que el lumpen que insiste en llamarle Plaza de la Dignidad a la Plaza Baquedano, que la gente es tonta por mantenerse movilizada sin entender que con esto no soluciona nada. Esos argumentos tienen, a mi parecer, algunos problemas. Por un lado, está la premisa equivocada que la única ganancia que se puede tener o que se espera es una ganancia económica. Basta con salir a la calle, observar y hablar con la gente para darse cuenta que las ganancias han sido otras. Hay individuos que han ganado la pertenencia a una comunidad, que han ganado compañía, sentido, nuevas ideas, cosas por las que quieren pelear. Imagino que para much@s que han vivido en espacios protegidos desde que nacieron, con familias estables, contactos y redes, esto no se entiende o no se considera importante, sin embargo, el sentido de pertenencia es algo tremendamente relevante y constitutivo de nuestra identidad. Se ignora que la gente que ha vivido en forma precaria durante generaciones, ha desarrollado resiliencia. Se ignora que mucha de la gente que, lamentablemente, se ha visto obligada a sobrevivir la precariedad ven en este movimiento una pequeña esperanza para poder salir de ella. Si hay que aguantar un poco más se aguanta.

Los argumentos de quienes están en contra de las protestas, ignoran la esperanza, no se entiende que haya esperanza en tal precariedad y esa esperanza se ha percibido como sinónimo de absurda obstinación. Hay esperanza, pero también hay miedo, hay miedo a que luego de esto nada cambie, pero, nuevamente, la esperanza es lo último que se pierde. Por eso la gente sigue en la calle, porque si se van tod@s a la casa como muchos esperan, porque si las movilizaciones paran, todo lo que se ha hecho, todo lo que se ha perdido y todo lo que se ha ganado se va al tacho de la basura. Algunos tienen miedo a esta “anormalidad violenta” y buscan desesperadamente el orden. Pero otros, quienes han vivido en una “normalidad violenta”, le temen a la normalidad.

Tal como lo comenté hace unas semanas, el movimiento social ha estado lleno de simbolismos, que, aunque a los fieles defensores de la razón les parezca ridículo, son elementos que le dan fuerza y sentido al movimiento. Uno de los grandes símbolos es el “Matapacos”, un perro negro con un pañuelo rojo, un quiltro, que andaba en la calle y al que se le adjudica la valentía de pelear en contra de ese gran gigante armado represor. Una plaza que hasta hace unos meses tenía un monumento y pasto verde, ahora se transformó en el centro de las protestas, sin pasto, rayada. Así, fea, sucia y hedionda, con el “lumpen” encapuchado, la plaza se rebautiza como “La Plaza de la Dignidad”, porque es fea, pero REAL. Para los defensores de la razón, ese desorden no puede ser digno, pero para la gente que está ahí es un es el bastión simbólico de la protesta y la gente lo está peleando poniendo en riesgo su integridad física y psicológica. Si alguien en el gobierno entendiese este punto tan pero tan simple, lo pensaría diez veces antes de mandar a Carabineros a reprimir como se ha hecho. O tal vez lo entienden, y ahí está la pregunta que alguien hizo hace algunos días en Twitter ¿son tontos o son malos?

Tal vez me voy a ir en una “volá” un poco fuera de lo que en un principio quería plantear, pero me parece que este ignorar, burlarse o minimizar los elementos afectivos del movimiento social, es otro producto del patriarcado, que nos hace creer que los únicos argumentos válidos son los que se pueden explicar directamente por lo racional ignorando los simbolismos, la búsqueda de sentido, las emociones, las relaciones entre personas. Este ignorar o este orden de las prioridades trae costos, costos a largo plazo. Quienes crean que cuando se acaben las protestas, la sociedad chilena va a volver rápidamente a la normalidad y que todo quedará en el pasado como una especie de impasse en nuestra historia, están muy equivocados. Cuando se acabe esto, nos tendremos que hacer cargo de una sociedad fragmentada, nos tendremos que hacer cargo de chic@s jóvenes que han sido encarcelado y que no sabemos si podrán cuando salgan, quizás en diez años más, rehacer sus vidas sin odiar a una sociedad que los abandonó. Nos tendremos que hacer cargo de personas mutiladas, de personas torturadas y vejadas sexualmente. Nos tendremos que hacer cargo de la profunda desconfianza hacia las autoridades, del odio a las fuerzas de orden. Esto no cambiará con una nueva Constitución, ni con nuevas medidas sociales.

Si queremos que la sociedad chilena y el país crezca en una convivencia y democracia sana, tiene que venir un proceso de reparación a las víctimas, que parte por castigar a los culpables de las violaciones a los Derechos Humanos. Nuestra historia ya nos lo enseñó, no podemos avanzar como sociedad mientras exista impunidad, pactos de silencio y justificaciones de lo injustificable.  Por ahora, y a riesgo de sonar majadera, el gobierno debe dejar de agravar el problema, esto no va a parar con más represión, la gente en la calle sigue peleando y el gobierno debe hacerse cargo de las demandas y dar una señal clara de cómo va a frenar las violaciones a los DDHH que siguen ocurriendo. El gobierno debe dejar la gasolina de lado y parar el incendio y la oposición debe comenzar a actuar como tal, si no quieren ser recordados como un punto negro más en la historia de Chile.

Consuelo Thiers

Autor: Consuelo Thiers Huerta

PhD Researcher in Politics and International Relations, University of Edinburgh

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